Historias desobedientes

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En mayo de 2016 el relato de la hija del genocida Etchecolatz, una pieza central en la maquinaria de terror de la dictadura, sacudió fuertemente la memoria de la sociedad argentina. Cuando ya parecía que pocas cosas podían causar gran sorpresa en el relato del camino de memoria, verdad y justicia, Mariana Dopazo habló y demostró que siempre existe la posibilidad de ir un paso más allá. Mariana habló entonces del repudio a su padre genocida que se materializo, incluso, en un cambio de apellido. El relato de Mariana fue el puntapié inicial para que otrxs hijxs se sintieran llamados para hacer algo con esa pesada herencia, y generó el encuentro y la organización de lo que se dio en llamar Historias Desobedientes.

Cuentan que en la primera reunión fueron 6, y que se hizo el mismo mes que la manifestación del 2×1 -cuando un fallo de la Corte Suprema habilito la reducción de penas para los condenados por delitos de lesa humanidad-, pero ya para la segunda, un mes después, eran 30 y, paradójicamente, fue el mismo día en que en Argentina se festeja el día del padre. Al principio se debatían sí presentarse como hijos de represores o hijxs de genocidas, aunque finalmente optaron por Historias Desobedientes y decidieron que lo que mejor lxs definía era hijxs de genocidas puesto que “represores también hay ahora”, según ellxs mismos se encargan de aclarar. Este nombre lo tomaron de una página de Facebook en la que por entonces Analía Kalinec había empezado a subir material autobiográfico con la intención de convocar a otrxs hijxs para que contaran sus propias historias.

Doctor K.
Analía es hija de Eduardo Emilio Kalinec, más conocido como Doctor K, un policía que participo activamente de la dictadura en el circuito de centros clandestinos conocido como ABO: Atlético-Banco-Olimpo, y que hoy se encuentra detenido con cadena perpetua. Pero Analía recién tuvo noticia de esta historia cuando empezó la universidad y comenzó a escuchar algunas cosas, y más aún, cuando a su padre lo metieron preso y ella misma empezó a indagar un poco más en su propia historia. “Yo soy de una típica familia de clase media y siempre había vivido sin mayores sobresaltos. Cuando en el 2005 recibo la noticia de que mi papá estaba preso eso me cambió la historia para siempre”, cuenta Analía. “Lo iba a visitar a la cárcel, pero pensaba que era un error. De todas formas había empezado la universidad y estaba rompiendo el cascarón. Tenía una vaga visión de la dictadura pero empatizaba con la lucha de las Madres y las Abuelas. Igual me seguía pareciendo algo ajeno a mí”.
“En mi familia no se hablaba nada. Cuando meten preso a mí viejo lo íbamos a visitar pero no tocábamos el tema. Él lo único que nos dijo fue que era un error y que los zurdos revanchistas que estaban en el gobierno provocaban todo eso. Yo me lo creí, pero iban pasando los años y esa versión se diluía” continua Analía. Cuando en el año 2008 elevan la causa a juicio oral y el caso empieza a tomar notoriedad pública Analía ya no pudo sostener su vida social como hasta entonces. “Tuve un episodio con una compañera de laburo que me vino a preguntar… porque ella tenía a su padre desaparecido en un centro clandestino adonde había estado mi viejo, y no era algo de otra época, me estaba pasando ahí”. Fue entonces que decidió tomar posición, leyó la causa y se convenció de que su padre le mentía. Su familia no la acompañó ni la acompaña. Después de la muerte de su madre, hace algunos años, Analía perdió contacto con sus tres hermanas también. “Mi madre nunca habló, fue incondicional a mí padre y se enfermó de odio. La última vez que visité a mi padre en la cárcel, le pregunté sobre cosas que había leído en la causa y sobre las que sabía que mentía. Esa vez le pedí algunas explicaciones y él ya me dijo que se trataba de una guerra, que eran subversivos que ponían bombas y no sé cuántas cosas más. Era la primera vez que lo escuchaba hablar en esos términos, justificando y reivindicando todo lo que había hecho. Me lo confirmó y la duda que yo abrazaba se me termino de ir. Después de eso no lo fui a ver nunca más”.
Pero así como la entrevista a Mariana sirvió de impulso para juntarse, la confirmación del Doctor K a su hija fue el empujón para dar testimonio. A partir de ese momento Analía decidió que la mejor manera de lidiar con esa historia era contarla una y otra vez, y tratar de motivar a otrxs en las mismas circunstancias.

Cambio de filiación
A diferencia de Analía, Mariana Dopazo, la hija del genocida Etchecolatz, tal y como relato en la nota que sirvió de disparador para que se prolongaran en el tiempo los encuentros entre hijxs y familiares de genocidas, sí vivió algo de ese maltrato en su propia casa. Mariana y Rita Vagliati optaron por cambiarse el apellido. Mariana es hija de Miguel Osvaldo Etchecolatz, uno de los personajes más sádicos y conocidos del entramado del terror, y Rita es hija de Valentín Milton Pretti, que al igual que Etchecolatz ostentaba el título de comisario. Para Fabiana Rousseaux, psicoanalista especializada en la atención a víctimas de violaciones en derechos humanos, “estos dos casos de cambio de apellido provocan un fuerte impacto jurídico en el sentido de que apelan a la ley para quitarse el apellido de sus progenitores genocidas. Esto es interesante porque obliga al Estado, y a sus estructuras administrativas, a escribir sentencias que hagan lugar a este pedido, y allí los jueces tienen que argumentar las razones por las cuales acceden al pedido. Y las razones que adujeron estas hijas fue justamente que sus padres habían sido genocidas”. Una de las sentencias se produjo durante el actual gobierno y, en un marco negacionista como el actual, eso cobra un valor aún más importante dado que “ahí el Estado deja inscriptas sus propias contradicciones”, sostiene Rousseaux.
La primera aparición pública del colectivo Historias Desobedientes fue en la primer marcha del Ni una menos en junio de 2017. “Eso tuvo mucha repercusión pública e hizo que cerca de 90 personas se acercarán en el término de un año con historias similares”, cuenta Laura Delgadillo. Laura supo que su padre policía había tenido algún tipo de participación en la dictadura porque una compañera le contó que lo había visto en su operativo de secuestro y que él la había dejado ir. Ahí empezó a atar cabos y a tirar de los hilos de la memoria. Le llamaba la atención que su padre nunca usó uniforme y supo por su hermana mayor que él se encargaba, entre otras cosas, de hacer el cruce de información con las agendas y los cuadernos que traían de los allanamientos. Laura, a diferencia de Mariana, no necesito hacer el cambio de apellido pero al igual que Analía es la única de su familia que se hace eco del tema. Laura también tiene una tía desaparecida que era partera, hermana de su padre. Y hace distinciones respecto a las historias y las decisiones personales “no todos los miembros del colectivo se cambian el apellido. Primero porque tengo familiares con ese apellido que no tienen nada que ver con lo que sucedió o hizo mi padre, ese apellido me lo voy a apropiar y lo voy a resignificar; y segundo, porque en el caso de mi viejo no se trata de un personaje público como Etchecolatz u otros genocidas”.

Historias Desobedientes
“En el grupo hemos dejado de decir que somos hijxs porque ya hay familiares que no son sólo hijxs. Hay nietxs, hermanxs, etc”, sostiene Laura. Según lxs integrantes del colectivo, con el devenir del tiempo no sólo han empezado a participar familiares con distinto grado de filiación sino que hay casos en los que lxs hijxs se han debido hacer cargo de la historia genocida de sus padres debido a la presión que ejercen lxs nietxs sobre ellxs.
El padre de Laura no estuvo preso porque no hubo testimonios ni pruebas en su contra. Una de las cuestiones sobre la que trabajan los familiares de genocidas tiene que ver con la modificación de la ley que impide denunciar y testificar contra parientes directos y descendientes. “La Ley está en comisiones en Diputados para su tratamiento, pero no salió todavía. En realidad no es una ley, es una modificatoria de dos artículos del Código Procesal Penal. Esperamos que salga la modificación para la excepción de delitos de lesa humanidad, y luego iremos por más modificaciones a leyes como objetivos futuros”, señala Laura.
Tanto Analía como Laura sostienen que las repercusiones ante la aparición del colectivo han sido sobre todo de bienvenida. Los contactos con los organismos de derechos humanos han sido informales pero de mucha empatía, aclaran. El colectivo crece sostenidamente y la participación de sus integrantes varía en función tanto de los ritmos de cada unx para asumir su propia historia como de sus posibilidades y sus ganas de formar parte más o menos activamente. Lxs más entusiastas se reúnen una vez por semana tanto para pensar políticas comunes cuanto para tratar cuestiones más personales. De momento les urge el trámite para conformarse como asociación civil y la preparación del primer encuentro internacional de Familiares de Genocidas por la Memoria, la Verdad y la Justicia a realizarse en Buenos Aires a fines de noviembre.
Por lo demás, a todxs les preocupa este contexto político, que habilita el discurso de la teoría de los dos demonios -que señala que lo que hubo no fue un genocidio sino una guerra entre dos bandos-, y que posibilita tanto el perdón como el beneficio de la prisión domiciliaria, algo de lo que que ya se han hecho beneficiarios un buen número de genocidas, alrededor de 600 desde que asumió el actual gobierno. Por su parte, quienes como la psicoanalista Fabiana Rousseaux, se ocupan de realizar un análisis teórico respecto del tema, sostienen que “la potencia en la constitución de este colectivo se da en tanto desafía los intentos de reconciliación del actual Estado. “Es una historia difícil, y es algo inédito a nivel mundial. Ni siquiera en Alemania, en su reconstrucción post nazismo, han existido grupos que se manifiesten de esta manera y repudien los actos genocidas de sus padres” relata Laura.

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