Por primera vez en su historia, estas elecciones de Brasil cuentan con más candidatos negros que blancos, en un país donde el 56% de su población es negra. Negras y negros ocupan pocos espacios en las instituciones federales y municipales, y, aunque su participación en la política crece, siguen subrepresentados. En el Congreso son 124 de los 513 diputados y 13 de los 81 senadores. En el plano económico, la renta media de los blancos sigue siendo al menos dos veces mayor que la de los negros, según un estudio publicado en julio de 2021 por el Instituto de Investigación Económica Aplicada. La brecha se amplía en el caso de las mujeres, ya que si bien son un 28% de la población, sólo alcanzan una representación del 2,5% entre los diputados, es decir, 13 de 513 bancas. En resumen, son una minoría en el Congreso pero una amplia mayoría en los números que hablan de pobreza, desigualdad, marginalidad o represión.
Sin embargo, y aún frente a la enorme represión (y regresión) que supuso el gobierno de Bolsonaro en casi todos los planos, estos 4 años han supuesto también un creciente aumento de conciencia y sensibilización respecto a este tema por parte de amplios sectores de la población que pujan por una mayor igualdad. “No habrá nada en este país sobre nosotros sin nosotros. Este país solo es posible con el pueblo negro, porque Brasil es un país negro”, señaló la socióloga Vilma Reis en junio pasado en el lanzamiento de Quilombo en los Parlamentos, una iniciativa de la Coalición Negra por los Derechos que reune 250 organizaciones de la sociedad civil, y que da apoyo a más de 100 candidaturas de personas ligadas al movimiento negro de 8 partidos de izquierda y centro izquierda (PT, Psol, PSB, PCdoB, Rede, PDT, UP e PV). Aunque representan distintos partidos, lo que tienen en común todos los candidatos es su apoyo al presidenciable Luis Inácio Lula da Silva.
Erika Hilton y Carmen Silva forman parte de esta iniciativa que promueve una mayor representación institucional. Erika es candidata a Diputada Federal, fue nombrada por la revista Time como una de las 20 líderes de la próxima generación y, según lo que indican las encuestas, podría convertirse en la primera diputada transgénero de la historia de Brasil. Carmen es candidata a Diputada Estadual de San Pablo, forma parte de la Ocupación 9 de Julio -un emblema de la lucha por el derecho a la vivienda de Brasil y el mundo-, y es una referencia del Movimiento Sin Techo Centro (MSTC).
Carmen
Carmen nació en Bahía, tiene 62 años y desde los 35 vive en Sao Paulo. Cuando llegó a la ciudad, Carmen, como tantos otros, se vió obligada a vivir en la calle. Mucha agua ha pasado bajo el puente desde entonces y estos días Carmen tiene revolucionados a todos los habitantes de la Ocupación 9 de julio (120 familias) con su candidatura a diputada. Es que Carmen fue de las primeras en ocupar este antiguo edificio del Instituto Nacional del Seguro Social, en 1997, y tiene una larga historia de lucha con el MSTC, un movimiento que tiene como objetivo garantizar el derecho constitucional a la vivienda, y una reforma política y social que democratice el derecho a la ciudad como un bien común. “La mía es una candidatura negra que representa el movimiento por el derecho a la vivienda”, cuenta. “Pero respecto a los movimientos de mujeres, indígenas y negros en general, puedo decir que estamos cansados, Brasil es el país que más líderes sociales mata. Por eso es que hemos decidido unirnos y no ser más representadas sino ser nosotros mismos nuestros propios representantes”
De acuerdo con estadísticas divulgadas en agosto pasado por el Tribunal Superior Electoral (TSE), de los 28.116 candidatos inscriptos para los comicios del 2 octubre, 14.015 se registraron como afrodescendientes (49,57 por ciento) y 13.914 como blancos (48,86 por ciento). El número de candidatas mujeres este año también es récord pese a que sólo representan el 33,4 por ciento de los aspirantes y la mitad de los hombres (66,6 por ciento). El aumento de la participación de las mujeres y de los negros en las elecciones es atribuido a las políticas de cuotas adoptadas en los últimos años. La legislación establece que los partidos tienen que inscribir al menos un 30 por ciento de mujeres entre sus candidatos, porcentaje que solo se alcanzó en 2014.
Erika
Erika Hilton (29) es una activista por los derechos de las personas negras y del colectivo LGBT, y política brasileña. Nacida en la periferia de Sao Paulo, Erika vivió de cerca la explotación sexual como adolescente, y las distintas caras del racismo a lo largo de toda su vida. Estudió pedagogía y gerontología, se afilió al Partido Socialismo y Libertad (PSOL) y, en las elecciones de 2020, se convirtió en la primera concejal transgénero elegida por la ciudad de São Paulo y la más votada del país.
Para Erika, desde las elecciones municipales de 2020 hasta ahora, han cambiado algunas cosas, “hemos hecho una gran demostración de fuerza y de nuestra propia capacidad de organización, promovida desde las bases y desde diversos sectores, para hacer frente al al fascismo y a la ausencia de políticas y derechos para la comunidad negra, los feminismos y la comunidad LGBT. También hemos conseguido mantenernos, transformar esa fuerza en propuestas, y organizar un frente de lucha que estoy segura que se traducirá en una respuesta importantísima el próximo 2 de octubre”.
Brasil se encuentra entre los países más desiguales del mundo y, tanto la pandemia como la gestión del actual gobierno, no han hecho más que acentuar esa desigualdad. Una investigación reciente de la Universidad de Río de Janeiro, señala que el miedo de sufrir violencia política entre los negros aumentó al mismo tiempo que su participación política. En este sentido, el asesinato de Marielle Franco, en marzo de 2018, marcó un punto de inflexión. En 2021, Brasil fue, por 13° año consecutivo, el país donde más personas trans fueron asesinadas en el mundo. “La violencia política en este país es brutal, y desde el asesinato de Marielle no ha hecho más que escalar”, sostiene Erika. “Yo sufrí amenazas los primeros días de mi mandato, y por eso tengo protección personal. La de la población trans es una vida extremadamente precaria, cruel e inhumana. La gran mayoría de las mujeres que trabajan en la calle son negras, travestis y transexuales, y se enfrentan a diario con la violencia, el racismo y la transfobia. Somos ridiculizadas, perseguidas y torturadas, muchas veces a la luz del día, y esto incluso se filma y se sube a las redes sociales. Somos echadas de nuestras casas, y no tenemos derecho a la religión, ni al afecto, ni al amor, ni a un Estado que nos proteja. Esa es nuestra realidad, la de un Brasil que nos mata de forma cobarde y perversa porque no acepta la diversidad. Por eso queremos terminar con este estado de privilegio de las cosas que beneficia a los mismos de siempre”.
Racismo y desigualdad
Muchos coinciden en que el aumento de conciencia y sensibilización respecto al racismo imperante no solo ha alcanzado a la población negra sino a la población blanca, y que esto también es una novedad. La filósofa Sueli Carneiro, Directora de Geledés, Instituto de la Mujer Negra, señalaba hace algunos días que, en palabras de Charles W. Mills, autor de O Contrato Racial: «Toda persona blanca es, independientemente de su voluntad, beneficiaria del racismo, pero no todas las personas blancas son signatarias del contrato racial que el racismo instituye”.
Bolsonaro niega y práctica el racismo por partes iguales. Si bien en la campaña de 2018 declaró que en Brasil no había racismo, hace solo algunos días dió muestras de ello cuando en medio de una entrevista se dirigió a uno de sus entrevistadores diciendo: «Tu é meio escurinho. Ah, isso é crime» (“Tú eres medio oscurito. Es eso un crimen?”).
Carmen, por su parte, coincide con lo que indican todos los números, aunque no necesita de ellos para avalar su propia historia: “La desigualdad afecta en mucha mayor medida a la población negra. Y una de las partes más vulnerables de está población es la de los jóvenes negros de la periferia. Ellos se fascinan por lo que ven en la TV sobre lo que pueden encontrar en la ciudad y, cuando vienen aquí, se encuentran con que no tienen acceso a nada”.
En la última década, el número de brasileños que se han visto obligados a vivir en la calle -una postal que en las calles de San Pablo es por demás impactante-, ha crecido un 139%. En 2012, Brasil contabilizaba 92.550 sin techo; en 2020, ya eran 222.000. Con 12 millones de habitantes, São Paulo es la ciudad que registra más personas sin hogar: son al menos 66.000, según la ONG Movimento Estadual da População em Situação de Rua. Pese a todo, Carmen es optimista respecto a la posibilidad de un nuevo gobierno de Lula: “Yo creo que un gobierno de Lula, es decir, un gobierno progresista, va a ser muy importante. Con Bolsonaro se retiraron un 90% de las ayudas para la vivienda. El programa Mi casa, Mi vida (el mayor programa habitacional del país anulado por Bolsonaro en 2019), fue maravilloso, pero ahora hay que pensar una realidad en la que hemos sido completamente abandonados por el Estado, y hay que resolver también los graves problemas de educación y salud que enfrentamos. Lula necesita una base para gobernar, y esa base somos nosotros”.
El 12 de mayo, tras una iniciativa de la Coalición Negra por los Derechos, los partidos de la oposición presentaron al Supremo Tribunal Federal un pedido para que el Estado brasileño reconozca el genocidio de su población negra y el gobierno dé explicaciones. El documento destaca el creciente aumento de letalidad policial y el desmonte de las políticas de salud pública y redistribución de la riqueza, lo que imposibilita el acceso de esta población a condiciones de vida dignas. Esta plataforma también reveló que el 75.5 por ciento de las personas asesinadas en el país son negras. Otro de los datos presentados por la organización indicó que en 2018, el 58.1 por ciento de los hogares con inseguridad alimentaria severa estaban encabezados por personas autodeclaradas negras o morenas.
Fascismo
Si bien la incorporación del conservador Gerardo Alckim a la fórmula presidencial -con el objetivo de ampliar la base electoral- despertó muchos resquemores, existe un consenso generalizado, incluso entre los movimientos sociales más de izquierda que apoyan y participan de la alianza que lleva a Lula como candidato, que se trata de unas elecciones en las que se juega a todo o nada. Es decir, que el primer y más urgente objetivo es sacar a Bolsonaro del gobierno. “Lula es el nombre más fuerte para enfrentar al bolsonarismo”, concluye Erika. “Estamos en un escenario que nos coloca en una situación que requiere decisiones estratégicas. No podemos perder esta oportunidad de devolverle la esperanza y la alegría al pueblo brasilero sacando a Bolsonaro del poder, y la única persona capaz de eso, hoy, es Lula”. El miedo de que Bolsonaro, a quien todas las encuestas sitúan muy por debajo de Lula (unos 14 puntos según los últimos sondeos), pueda perpetuarse en el poder, ha hecho que estás elecciones se vuelvan una de las más importantes de la historia de Brasil, y se disputen más en términos de estrategia (democracia o golpe), que de discusión de programas políticos.La amenaza del fascismo aquí no sólo es una amenaza, ni un debate académico o de la TV, sino una realidad que Brasil ha vivido y experimentado en los últimos 4 años.