La voz de la memoria

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Los 50 años de la primera edición de Las Venas Abiertas de América Latina (1971), sirvieron de excusa para revisitar no sólo esta obra, sino toda la obra de Eduardo Galeano, y porque no, al autor.  Bucear a su alrededor permite descubrir un personaje ecléctico,  brillante, obsesivo, vivaz, apasionado y, sobre todo, o muy importante, especialmente preocupado por comunicar de forma accesible y poco pretensiosa, un material que no siempre resulta fácil de digerir. En el caso de Las Venas, eso le valió ser ignorado por la Academia, que entendió que no alcanzaba sus estándares, pero al mismo tiempo le valió (al libro ya emancipado de su autor y en sus propios devenires), un peculiar reconocimiento: ser la voz de la memoria de gran parte de la historia latinoamericana, al menos de aquella situada más hacia la izquierda. A 6 años de su muerte, Galeano nos sigue interpelando y, en ese camino, descubrimos  el submundo del personaje y su obra -que nos sitúa más cerca, y que tanta falta nos hace-.

En junio pasado, la Universidad de la República de Uruguay (Udelar) celebro unas jornadas en conmemoración de Las Venas que bien pueden representar una síntesis de lo que sucede con esta obra. La presencia de un sinnúmero de voces, que dieron cuenta de los diferentes abordajes y aproximaciones que tuvo, y tiene, Las Venas, en distintas partes del mundo, habla, no sólo de su vigencia, sino también de su enorme importancia y de los variados recorridos que supo hacer. Lo paradójico, en el caso de la Udelar, es que es precisamente la academia la que oficio de anfitrión y celebra su obra; una academia a la que le costó, y le sigue costando, decidir cómo clasificar Las Venas pero que, en ese camino, está dispuesta a ponerlo en discusión. En este caso, la Udelar se vio interpelada por una situación muy concreta, y es que Helena Villagra -compañera y editora de Eduardo Galeano hasta su muerte-, donó el archivo que refleja la obra y la trayectoria de Galeano -y muchos años de vida en común-, a la Udelar. Hasta ahora los fondos privados de este archivo correspondían a docentes destacados, personas que participaron en el gobierno de la universidad o militantes estudiantiles. “Galeano no fue ni estudiante, ni egresado, es la primera persona que entra como un fondo privado habiendo sido un funcionario técnico de la institución”, cuenta Vania Markarian, Doctora en Historia y responsable del área de investigación histórica del archivo.

Galeano

La historia es más o menos así. Galeano nació en Montevideo en 1940 y estudió hasta segundo año de secundaria en un colegio inglés. A los 14 o 15 años empezó a colaborar como dibujante en el diario del partido socialista, El sol, y por esa misma época (y hasta los 17) se sumó a un taller de lectura de El Capital (de Marx), en la Casa del Pueblo, la sede del partido. “Eduardo decía que ahí supo que sí no entendía de economía no entendía un carajo”, cuenta Román Cortázar, escritor, periodista y profesor mexicano, estudioso de la obra de Galeano. “Galeano tenía un piso de economía política muy fuerte. Estudio tratados de economía por 5 años (los que llevo el trabajo de Las Venas) y todo tipo de bibliografía de economía política. Toda su vida leyó textos de economía, y reportes del FMI y del Banco Mundial, cosas que sólo él tenía la paciencia de acabar”. Aunque una de las críticas más fuertes que recibió Las Venas -y uno de los principales motivos por los cuales no forma parte de la currícula de muchas universidades-, señala la falta de rigor en las fuentes y su fuerte carga política, el libro cuenta con  más de 480 notas, entre las que se pueden rastrear las eclécticas fuentes utilizadas por Galeano.

El cruce entre literatura y periodismo, que tan atrapante puede resultar para sus lectores, fue un problema para cierta crítica, y para la academia. Galeano dio sus primeros pasos en la escritura periodística a comienzos de los ’60 en el Semanario Marcha. De esa ápoca son sus libros de crónica periodística: ‘China’; ‘Crónica de un desafío’ y ‘Guatemala: Clave de Latinoamérica’. Según Cortázar, Galeano toma de este último el título para Las Venas. Cortázar estudia la obra de Galeano desde hace al menos 10 años y esto lo llevo a entablar una amistad con el escritor uruguayo. Luego de haber fallado, al menos una vez, en su intento de conocer personalmente a Galeano, Cortázar se coló en una rueda de prensa en Ciudad de México y, aunque no pudo dar cara a cara con él (porque salió por la puerta de atrás), logró que le alcanzarán un anticipo de su trabajo. De vuelta a su hospedaje, Cortázar recibió  un mail de Galeano en el que lo invitaba a conocerse en persona. Se hicieron amigos y Galeano lo invitó a seguir su investigación en Uruguay. “Tramamos una serie de entrevistas sobre su obra y llegando a Montevideo, en septiembre de 2011, me metí en los archivos. Lo que iba leyendo se lo comentaba, y le conté que el título de las Venas lo había descubierto varios años antes en ‘Guatemala’ (1967). En Guatemala Galeano se entrevista con los líderes de las guerrillas, y es el primer acercamiento que tiene con las singularidades de la política latinoamericana y, de alguna forma, el anticipo de lo que luego serán Las Venas. En la página 10 de ese librito él cuenta como sube las montañas en silencio, acompañado de unos campesinos, pasan la noche y cuando amanece dice: ‘amanece, al silencio se le han abierto las venas…’. Eduardo ya lo había olvidado, me hizo leerle la página y me dijo: ‘pero que bien que escribía’ (carcajadas)”.

Derroteros

A partir de 1964 Galeano dirigió durante dos años el diario Época, e inició su carrera de escritor de ficción con la publicación de la novela Los días siguientes (1963) y Los fantasmas del día del león (1967). En 1965 comenzó a trabajar en Udelar como encargado del Departamento de Publicaciones y secretario de redacción de Gaceta, la revista oficial de la institución. “Lo que nosotros destacamos es que no fue un mero empleo, como paso con tantos intelectuales de la época, que trabajaban en un banco y además escribían, y este era su medio de ingreso”, subraya Markarian. “Él desplego, en los dos puestos, una serie de saberes y experiencias que ya tenía, y aportó a la vida cultural e intelectual de la universidad esos saberes. En la Gaceta es muy impresionante, si ves las dos últimas tapas antes de Galeano, y la primera cuando él entra,  el impacto gráfico en el sentido de modernización, de tener un producto mucho más atractivo periodísticamente, se ve en todo. La cuestión visual era muy importante, él tuvo una preocupación estética y gráfica a  lo largo de su carrera. Creo que es algo muy visible, y menos estudiado que otros aspectos. Además, en cuanto a las publicaciones, es un período de oro de la Udelar, un momento en que la editorial universitaria parece una empresa editorial de verdad y no sólo un departamento de publicaciones que publica exclusivamente lo que se produce adentro de la institución”.

En 1971 publicó en la editorial universitaria -que dirigía- la edición uruguaya de Las Venas, la obra que le dio fama a escala global. Luego del golpe de Estado en Uruguay (1973), se fue a Buenos Aires y empezó a dirigir la revista Crisis, una publicación que también marcó época. En 1976, luego del golpe en ese país, se marchó a Catalunya, ya con la abogada argentina Helena Villagra, que fue su compañera hasta el final de su vida. A partir del exilio catalán, Galeano se dedicó por completo a la escritura. Galeano y Villagra regresaron a Montevideo a comienzos de 1985, apenas terminada la dictadura en Uruguay. Ese año, junto con otros escritores y antiguos periodistas de Marcha, Galeano fundó el semanario Brecha.

Respirar, pensar, conversar con el silencio

Cortázar define a Galeano como un obsesivo, muy preocupado por “el aire” que tenían los textos, y la relación de estos con las ilustraciones. “Estudiaba milimétricamente las diferentes ediciones de sus libros y era capaz de pedir que los dibujos se movieran unos milímetros.Los editores lo padecían muchísimo porque tenía un entrenamiento visual muy fuerte. En la sala de su casa todos los libros son de arte. Era un hombre con una cultura vastísima, con lecturas de lo más heterogéneas y heterodoxas. Él había querido ser pintor o dibujante, hasta que la realidad lo llevo por otro camino. De todas formas, toda la vida se preocupó por ilustrar sus propios libros. Era muy crítico con Brecha porque decía que atormentaban al lector atiborrándolo de palabras, y que no había espacios en blanco que permitieran respirar, pensar en la hoja y conversar con el silencio, o con el espacio en blanco”.

Probablemente lo pondría contento saber que la nueva edición de Siglo XXI cuenta con ilustraciones y un margen para anotaciones. Las mismas que se ven en sus manuscritos, y que ahora son de consulta pública a través de la página web del archivo de la Udelar. Los archivos cuentan con la obra posterior al ’76. “En los sucesivos exilios que atravesaron (Galeano y Villagra), se fue perdiendo mucho material”, detalla Markarian. De Las Venas se puede ver el epílogo que escribió en 1978, el resto se perdió.  “Los manuscritos son muy bonitos, y muestran mucho de una escritura -y reescritura-, que hemos perdido casi totalmente, la escritura a mano”. En el epílogo de Las Venas, Galeano escribe: yo no soy un historiador, y lo tacha. “Esto es algo de lo que se habló mucho en las jornadas, los historiadores diciendo: esto no es un libro de historia, porque la historiografía académica no tiene está relación con el archivo ni con el corpus documental, no es militante y un montón de cosas en ese sentido. Me parece que cuando él escribe ese epílogo, de alguna manera, está respondiendo a eso. Lo escribe, y lo tacha, como diciendo: es obvio que no soy un historiador, y no importa”.

La Academia

A su vuelta a Uruguay Galeano integró el comité editorial de Gaceta Universitaria, nueva versión de la publicación institucional de la Udelar luego de la recuperación democrática. “Galeano se vuelve a integrar al comité editorial, pero ya de un modo más testimonial. Él, a esa altura, ya era Eduardo Galeano, el personaje, y en esa revista ya no se nota nada de esto que venía señalando”. En toda esta etapa siguió publicando de manera prolífica, expresando de diversas maneras su compromiso político y social; y obtuvo numerosas distinciones.

Markarian opina que Galeano no fue un outsider de la academia, y que su relación con el mundo académico uruguayo fue muy estrecha. “Primero, la relación de Galeano con la academia no es una sola. A comienzos de los ’70 nuestros medios intelectuales estaban profecionalizándose en el estudio de lo social, y esto implicaba el rechazo a las formas anteriores de conocer lo social, particularmente del ensayismo. Y Galeano quedo en esas formas anteriores de… Aunque sí miras los agradecimientos de Las Venas, ves que la relación de Galeano con el mundo académico uruguayo era estrecha. Hay lecturas ahora que dicen que Las Venas es el libro representativo del dependentismo, y el dependentismo fue una corriente académica. Entonces, hay como muchas ambiguedades”.

Cortázar, por su parte, celebra que la academia le dedique tiempo a revisar una obra tan importante para América Latina, pero también cree que falta mucho para que la obra se lea como esperaba él que se leyera, como una obra de divulgación y como un intento de abrir ese conocimiento que está cerrado a 7 llaves (como decía Galeano), y que sólo está abierto a ciertas élites. “Lo de la Udelar representa un cambio al desdén generalizado que durante mucho tiempo padeció Eduardo en su propio país, donde fue sistemáticamente desdeñado por la crítica y por la academia. A él eso no le quitaba el sueño. Una obra tan decididamente política y que apela a la ideología, sabiendo que no hay ninguna obra que no sea ideológica, es vista con sospecha por los teóricos de la objetividad y los defensores del statu quo”.

Para Cortázar, ese desdén también tiene que ver con una necesidad de clasificar insatisfecha.  “Son fervorosos productores de etiquetas. Una obra como la de Eduardo, que rompe alegremente las fronteras de los géneros, es ilegible para la academia. De todas formas, lo que me queda claro después de tantos años, es que Eduardo no fue una anomalía literaria, sino parte de un paisaje cultural. Lo que hizo Eduardo con su narrativa es más o menos lo que hizo Manuel Escorza, en mayor o menor medida, o Juan Gelman, o Rodolfo Walsh, con ese maridaje entre el periodismo y la literatura. Entonces, más bien es una fotografía de una época que fue ricamente ornamentada por muchas preguntas fundamentales. Porque si hay una pregunta que vertebra la obra de Galeano y de todos estos autores es: para quién escribe el escritor, y cuál es la relación del artista con su pueblo. Y como el escritor es parte de la elite, ese planteo lo lleva a desmontar todo ese andamiaje y esos privilegios para aprender un lenguaje diferente”.

Galeano murió en Montevideo el 13 de abril de 2015 y fue velado con honores en la sede del Poder Legislativo uruguayo. Si bien las jornadas de la Udelar de algún modo sirvieron de homenaje, Markarian sostiene que -aunque no hay que renegar de esa dimensión-, “lo pensamos, sobre todo, como una oportunidad de revisión crítica de un legado que es mucho más que un texto, que son sus lecturas, su circulación, los amores y los odios que provocó, y provoca. Para nosotros, la primer conclusión fue esa, la enormidad de la obra, no por el libro en sí, sino por lo que la obra hizo en estos 50 años. No hay tantos libros que tengan tantas vidas. A mí no me interesa la idea de homenaje en el sentido de alabanza a Las Venas, o a Galeano, porque no es un autor ni un libro que lo precise tampoco. En particular, no preciso la adoración de la academia, y eso ya me parece algo muy interesante”.

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