El próximo 2 de octubre tendrán lugar en Brasil una de las elecciones importantes de su historia, en las que se enfrentarán el ultraderechista, y actual presidente, Jair Bolsonaro, y el izquierdista, y ex-presidente, Lula da Silva. El gigante del Cono Sur dirimirá su futuro en medio de una coyuntura por demás compleja, luego de la gestión de Bolsonaro. El país atraviesa una situación económica desastrosa a la que, por si fuera poco, la acompaña una fuerte militarización (represión) de la vida social. La presencia de militares en el gobierno de Bolsonaro, ha sido una constante. Por su parte, Lula Da Silva -que al igual que Dilma Rouseff, fue objeto de montajes judiciales que los dejaron fuera de la carrera política-, es el favorito en las últimas encuestas, pero no tiene asegurado ese lugar (Lula 46% y Bolsonaro 39%). Tanto Bolsonaro, del Partido Liberal, como Lula, del Partido de los Trabajadores (PT), deberán disputarse los votos del centro. Lula intentará no llegar a una segunda vuelta ya que esto representa una nueva elección en la que no lo tendría nada fácil.
Lava Jato
En 2007 Brasil anunció el hallazgo de un gigantesco yacimiento de petróleo que duplicaba las reservas del país, y lo posicionó como uno de los países con más reservas del mundo. Esto no solo modificó el mapa mundial sino que, para algunos, fue el origen del Lava Jato (2014), una investigación sobre una trama de blanqueo de dinero. “A través de la operación Lava Jato los grupos de extrema derecha llevaron adelante la Operación Cóndor de los tiempos modernos”, sostiene Adriano Diogo, geólogo y Secretario de DDHH del PT. “Lo mismo ocurrió en Ecuador y Argentina. Es una acción orquestada desde el exterior, por los EEUU, y fue hecha porque se descubrieron grandes yacimientos de petróleo de alta pureza. Eso modificó la política mundial y, en lugar de enviar buques de guerra, llevaron adelante la operación Lava Jato. Sí Lula y Dilma cayeron fue por culpa del petróleo, ese fue el único crimen que cometieron”.
El juez encargado de la investigación era Sérgio Moro, a quien Bolsonaro nombró como Ministro de Justicia luego de ganar la segunda vuelta de las elecciones del 2018. Moro fue el encargado, además, de dejar fuera de la carrera presidencial a Lula, acusándolo -a falta de pruebas concretas-, de haber recibido un apartamento de tres pisos como soborno para facilitar contratos entre Petrobras y OAS, una gran constructora. La propiedad nunca perteneció a Lula, pero basándose en esto Moro ordenó la prisión de Lula, una condena que 4 años después fue anulada por el Supremo Tribunal Federal, y que le allanó el camino a la presidencia a Bolsonaro. Por otra parte, como demostró una investigación realizada por The Intercept, los fiscales del equipo de Lava Jato tuvieron reuniones y acuerdos secretos con funcionarios del Departamento de Justicia de EEUU, de los que el gobierno brasileño no fue informado mientras Rousseff estaba en el poder.
Vicepresidentes
La destitución de Rousseff (2016) también fue un parteaguas en la política institucional de Brasil. Uno de los artífices del golpe parlamentario, Michel Temer, vicepresidente de Rousseff, se convirtió en el nuevo presidente. Fue Lula quien lo quiso en el puesto de vicepresidente, con la falsa esperanza de aumentar el apoyo del gobierno en el Congreso. Para dirigir el Ministerio de Economía, Temer llamó a Henrique Meirelles, presidente del Banco Central durante los años de Lula. El nuevo ministro consiguió rápidamente que se aprobara una enmienda constitucional que limita el crecimiento del gasto hasta 2036, lo que hace casi imposibles nuevas inversiones públicas significativas.
Todos estos antecedentes no han hecho más que aumentar la desconfianza en la elección de Gerardo Alckmin -ex-gobernador de San Pablo y enemigo histórico de Lula, miembro de la elite paulista y católico conservador-, como candidato a vicepresidente de Lula. Si bien forma parte de una estrategia mayor, no deja de levantar recelo incluso en las propias filas del PT, y enciende las alarmas entre quienes lo ven como una amenaza respecto al avance de ciertas políticas conservadoras, de darse su incursión en el gobierno. Monica Benicio es una de ellas. Benicio es concejala por el partido de izquierdas PSOL, y comenzó a participar activamente en política luego del asesinato de su pareja Marielle Franco (2018). “La elección de Alckim como vicepresidente -un hombre vinculado al Opus Dei-, ¿qué implica para los grupos LGBT? ¿qué pasará con la legalización del aborto? Eso me preocupa mucho”.
El centro
En un claro intento por disputar los votos del centro, en mayo pasado, cuando se conocieron los datos de las encuestas que acercaban los resultados de los dos principales candidatos en intención de voto, Lula comenzó a desplegar estrategias que pretenden, a todas luces, ganar esos votos y evitar una segunda vuelta. Entre otras cosas porque Bolsonaro ya ha anunciado, en numerosas ocasiones, que no aceptaría resultados desfavorables “y va a generar condiciones insurreccionales”, advierte Diogo.
En un escenario por demás polarizado, muchos afirman que las elecciones las ganará el candidato que pueda atraer los votos del centro sin perder su base electoral. Otra de las apuestas de Lula es reconectar con el público evangélico, que le dió la espalda en las elecciones de 2018 pero que no siempre fue reacio al PT. Algunas encuestas muestran, incluso, un empate técnico entre ambos candidatos en ese electorado. Otro de los sectores a los que Lula está buscando seducir es el empresariado y el mundo financiero.
Bolsonaro
Lula fue detenido el 7 de abril de 2018, seis meses antes de las elecciones presidenciales, cuando todas las encuestas lo daban ganador, en una clara maniobra por inhabilitar su candidatura. Bolsonaro aprovechó la coyuntura y se hizo con la segunda vuelta. El hecho de que 7,5 millones de antiguos votantes le dieran la espalda al PT, y a Fernando Haddad, el candidato sustituto de Lula, también colaboró. Una vez en el poder, Bolsonaro se hizo famoso por sus continuos ataques al comunismo, las feministas, los pueblos indígenas, los negros, los homosexuales, y hasta la ONU. También ganó notoriedad por sus vinculos con las milicias de Río de Janeiro, por su exaltación de la dictadura militar, el elogio de la tortura, el uso de armas y la violencia, y sus mas que estrechos vínculos con los grupos evangelistas fundamentalistas. La presencia en su gobierno de 600 oficiales, con cargos en toda la administración pública, incluso como ministros, marca una impronta sin precedentes en la historia democrática del país.
“La situación de Brasil es dramática y perversa, principalmente para las mujeres, la población LGTB, negra e indigena”, sostiene Benicio. “Brasil vive en una escalada de violencia, con un gobierno que alienta el fascismo diariamente. En marzo de 2018, con la intervención federal de Río de Janeiro, y el asesinato de la concejal Marielle Franco -que fue un femicidio político-, comenzó una nueva política que significó un quiebre en el régimen democrático. A diferencia de otros países de América Latina (AL), Brasil no tuvo políticas reparatorias respecto al período de la dictadura, y esos son los fundamentos de nuestra democracia, que fue construída sobre la sangre del pueblo negro e indígena”.
Por lo demás, el gobierno de Bolsonaro ha profundizado un modelo económico neoliberal, recortando el gasto público. La gestión de la pandemia de Bolsonaro también será recordada por lo desastrosa, Brasil es el segundo país, por detrás de EEUU, en número de víctimas. En las favelas de las grandes ciudades casi la mitad de los habitantes han perdido su empleo. Casi un tercio de los 90 millones de brasileros que conforman la población económicamente activa, de un total de 213, han pasado a estar desempleados, son trabajadores ocasionales o han dejado de buscar trabajo. Tanto la pobreza como el hambre se han disparado. En 2014, Brasil había salido del mapa mundial del hambre de la organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, pero con Bolsonaro ha reingresado. Para Diogo, “la situación es catastrófica, y de una desorganización institucional total. Desde la dictadura no había habido una situación tan preocupante como la de estos 4 años. El gobierno de Bolsonaro, durante la pandemia, solo tuvo un compromiso, con la muertel”. Benicio no difiere mucho de la mirada de Diogo: “es un gobierno que desprecia la democracia. La clase política está muy desacreditada y hay una desconfianza muy grande en la política institucional. La distancia que han establecido entre la clase dirigente y la población es enorme, y eso hace más fácil poder controlarla”.
Democracia
Tanto Diogo como Benicio coinciden en que la respuesta en las calles a esta situación social no está a la altura de las circunstancias. Para Benicio, la poca movilización en las calles tiene como contrapunto mucha organización de los movimientos sociales. “Todos los avances sociales que se producen se dan en relación a las mujeres y LGTB, los feminismos funcionan como articuladores de los movimientos sociales”. Diogo, por su parte, ve peligrosa la pasividad social de un pueblo poco acostumbrado a dirimir sus asuntos en la calle, y que la política se resuelva mediante acuerdos parlamentarios, que es lo que sucede actualmente.
La desaparición y muerte del indigenista Bruno Pereira, y del periodista inglés, Dom Phillips, han vuelto a encender las alarmas respecto a la violencia que se vive en el país. “Brasil es uno de los países más peligrosos del mundo para defensores de derechos humanos. Principalmente de aquellos que se dedican a la defensa de la tierra, y a la preservación de los pueblos indígenas”, señala Benicio. “Cuatro años después del asesinato de Marielle, no tenemos ninguna respuesta, y esos grupos políticos se escudan detrás de un Estado que instala el asesinato como forma de hacer política, y que cuentan con la certeza de la impunidad”.
Benicio se muestra optimista con un posible triunfo de Lula, “aunque sin romantizar. Me entusiasma la idea de que Bolsonaro se vaya del poder, y hoy, la persona que puede llegar a lograr eso, es Lula. La elección de Lula es el camino para un nuevo proceso democrático”. Para Diogo, un posible triunfo de Lula puede afectar la realidad de gran parte de los países latinoamericanos. “El lawfare en AL es la fase moderna de lo que fueron las dictaduras militares en su momento. La vuelta de Lula puede significar un proceso de pacificación y re-democratización de AL, similar a lo que sucedió con el fin de los gobiernos militares en todo el Cono Sur”.